Huevos recogidos, sellados y envasados a mano
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Me fascina
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Historia de un exitoso fracasado
Rosalinda
Carta de una gallina
Carta de una gallina

 

    El huevo del que nací se partió a las seis de la mañana un día de verano. Cuando asomé la cabeza por entre las cáscaras lo primero que vi fue una cantidad asombrosa de pollitos iguales entre sí, amarillos fosforescentes, plumosos, y que no paraban de parlotear igual que los niños en los patios de todos los colegios del mundo a la hora del recreo. Como resultaba tan normal que cada tres segundos naciera un pollo nuevo, ninguno al principio de los que había allí presente se fijó en que yo no era exactamente como ellos. También es verdad que demoré en desprenderme de la pegajosa manta que me envolvía. Pero ni aún cuando ya estaba libre de todo aquello, ni aún entonces, nadie se percató de que yo era especial. Fui consciente de esto nada mas nacer. Lo sentí en  mi corazón. Lo sentí al fluir de la sangre. Lo sentí como alguien que ve en mitad de un rayo el pasado, el presente y el futuro de su propia vida.

 

   ¿Qué hay pues en mí que no hay en los demás? Simple: que llevo grabada en las plumas la pasión por la vida, este misterio que abarca el dolor y el placer de existir. Quizá suene demasiado pretencioso. O, a lo mejor, no sé explicarlo de otra manera. Pero observad, observad: escucho una canción. Algo suave y delicioso. Sin embargo qué sabe una gallina de canciones. Observad de nuevo: puedo leer las estrellas o incluso el viento. Sin embargo qué sabe una gallina de ciencias astrales, de climatologías.

 

    Yo te voy a contar lo que sabe: nada. Nada en absoluto. Pero yo sí. Esto me lleva a pensar que en otra vida fui un ser humano y que por los motivos que fueran algo no funcionó como debía; por esa razón ahora perdura en mi memoria restos de aquello que fui. Más aún, conservo lo mejor de mi vida pasada y exploto lo más bello de mi vida presente. En esto no claudico ni me traiciono. Porque sé lo que me gusta, lo que me fascina, lo que amo:

 

    Amo caminar por el campo.

 

    Me gusta escarbar la tierra.

 

    Me fascina la comida sana.

 

    Adoro el amanecer, la luz fresca, natural, imperecedera.

 

    Me encanta la libertad de ser libre.

 

    Siento verdadera emoción al poner un huevo con estos sentimientos que son mi forma de ser.

 

    Amo, por lo tanto, lo que soy. Amo lo que me ama, y el amor en mi caso no es una señal de tráfico, una ley urbanística, un papel con sellos de la administración, sino algo así como el curso del agua del río Ebro, algo así como el pan recién hecho mojándose en el huevo frito.

 

    Me llamo ROSALINDA. Vivo en una granja de Arrubal, cerca de Logroño. La granja posee un patio muy grande donde puedo correr todos los días y coger con mi pico las lombrices más sabrosas. Tengo más de 400 amigas. Por las noches, antes de ir a dormir, recorro mi casa de punta a punta y una brisa con olor a uva me da vuelta el alma, sin más, de repente, y entonces, sobre todo entonces, es cuando confirmo que soy feliz, cuando siento de verdad que yo y mis amigas somos privilegiadas. Antes de amanecer, cuando despierto, voy al nido para poner mi huevo, y mientras estoy allí sentada pienso en muchas cosas y otras me las imagino, como el huevo que estoy a punto de sacar de mis entrañas, sé que es un alimento muy apreciado (incluso a nosotras a veces también nos apetece comérnoslo), lo que en cambio no sé pero me imagino, es que el huevo de hoy a la mañana dentro de unas horas estará en la casa de algún niño y que éste, luego, se lo comerá en una tortilla de patatas, y por lo tanto algo mío estará allí, en sus moléculas, en sus latidos, lo mismo que la lombriz o esa brisa con olor a uva que me hace girar el corazón como enamorada.

 

    Sí, enamorada, habéis leído bien, una vez lo estuve, pero esa ya es otra historia que a lo mejor cualquier día de estos también decida contárselas. Por ahora os obsequio mis proteínas, mi salud, mi naturaleza. Y si coméis uno de mis huevos sólo espero de verdad una cosa, una sola: que sintáis la misma emoción con la que yo vivo.